Encerrado

Creación literaria: relato inédito 

Ahora, a la luz de la luna, puedes ver que alguien está sentado junto a ti. Se te dijo que sería para toda la vida, pero no te imaginas a aquella persona viviendo años contigo sin que te dieras cuenta. Ahí, justo ahí, en la esquina de la habitación que nunca quisiste voltear a ver, se arrinconaba.

Sin duda, siendo tímido, nunca habló. Él nunca hizo un gesto que delatara de su existencia. Podrían haber pasado incluso más años hasta la próxima luna llena, donde pudieses verlo, pero lo notaste ahora ¿Por qué? ¿Por qué en este preciso instante se sienta junto a ti? Está tan en los huesos, demacrado por el sol que nunca recibió. Sucio, sucio como cualquier cosa abandonada, tiembla y rechina, y se acurruca en tu regazo. Pero no quieres que te toque, te apartas con tanto horror que cae al suelo y se arrincona nuevamente.

No quieres. No quieres estar encerrado con esa cosa en el vacío de tu habitación, en el estruendoso silencio que surge de la mirada de tu compañero de cuarto. Podrías salir, pero afuera está la pandemia ¿No? Está afuera, esperando que uno de los dos salga. No podías ignorarlo por siempre de cualquier manera. Lo único que queda es sentarse otra vez.

Y están los dos, solamente los dos. El otro aparece cuando no hay nadie alrededor, cuando tu mente se libra de las tareas, del trabajo y de los problemas. Piensas que tal vez estás enfermo, tal vez necesitas estar enfermo para sentirte vivo y creas tu enfermedad cuando no tienes dificultades por el miedo a estar solo de nuevo. Y creas tantas formas de negarlo que dudas de ti mismo, dudas de las cosas que te formaron hasta ese preciso momento. Tal vez viviste toda la vida para esto, tal vez él está a tu lado por una razón que los merece a ambos y no sólo a uno. Le repudias porque no te imaginas cómo es abrazarlo, pero te atreves, te atreves solamente porque parece que tiene frío. Dejas que pase.

Piensas que a lo mejor aquella ocasión no fue tu culpa. Quizá, dentro de lo probable, cada mancha que has cometido no fue tan oscura como tu memoria se encargó de hacerte creer. Puede que cuando te equivocaste con esa persona, no fuiste más que un humano igual a muchos millones más. Que cuando tus pasos sonaron demasiado fuertes en el silencio del salón nadie lo notó como pensabas. Puede que, incluso hasta tu cara o tus pecas no hayan sido vistas desde el ángulo en el que juras que todos se fijan cada que usas esa camisa negra. Ahora estás seguro de que no crees que te corran del trabajo por limpiar un poco lento, sabes que la vez en que discutiste, te tacharon injustamente de algo que nunca fuiste. Llevas toda una vida juzgándote como solamente tú sabes hacértelo a ti mismo, pero nunca de la forma en que todos te juzgan realmente.

Eres consciente, vuelves a esa habitación. No luce tan oscura, la luna parece haber incrementado su brillo. En el vacío del cuarto, encuentras que el pequeño esqueleto grisáceo de hace rato se ve particularmente bien. No es que haya cambiado, es que de pronto comenzaste a ver mejor. Ahora puedes abrazarlo, no sientes miedo, no tienes asco. Ya no quieres arrancarle las arrugas que no puedes borrar, solamente aprendes a, de cierta forma, quererlas. Él sonríe.

Lagrimones vergonzosos caen de tu rostro “Ojalá que nunca nadie me vea así” ríes para ti mismo. Lucen tan bien juntos, abrazados bajo un mismo techo que ya no tiembla. Temías estar encerrado contigo mismo, porque cuando te quedabas solo siempre tenías aquella oscura visión, esa forma casi cadavérica que te habías empeñado tanto en ocultar debajo de la alfombra.

Pero ahora que has encendido la luz, 
¿Qué era a lo que le tenías tanto pavor?
¿Qué era eso, tan merecedor de odio, a lo que tanto rehuías?
Habías creado un fantasma.
Ahora lo crees.
Tal vez mereces ser amado. 

Dante Castillo Contreras
1º semestre, Licenciatura en Educación Primaria